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La Vida de Una Princesa Triste

La Beba No Quiere Comer

Nací a finales de Enero de 1985, una mañana muy calurosa de verano en Buenos Aires, Argentina. Primogénita, muy esperada porque tiempo antes mi mamá había perdido un embarazo. Fui la primera mujer de la familia, tenía tres primos varones, pero no había otra niña en la familia, y yo sería el ejemplo de las que vendrían.

Fui un bebé normal, quiero creer, con tres kilos de peso no era precisamente un bebé gordo. Pero una tendencia hereditaria a engordar y un sedimentarismo extremo cambiarían las cosas en los próximos años.
Con el pasar de los meses, me empecé a volver una beba bastante regordeta. Veo mis fotografías de cuando tenía un año y me veo como una bola de grasa. ¡Por Dios! ¡Si era sólo un bebé! En ese entonces no comprendía lo que significaría el sobrepeso en mi vida.

Mi padres trabajaban ambos fuera de casa, por lo que yo pasaba el día al cuidado de mi abuela. No sé cómo me trataría ella ni cómo era la hora de la comida en casa, pero la cuestión es que fue por aquel entonces, aún antes de mi primer año, que mi madre empezó a lidiar con mis problemas alimenticios. La beba no quería comer. Y es que desde la misma cuna, la comida sólo me dio repulsión. El pediatra le decía que no había que preocuparse, que estaba sana y que comería cuando tuviera hambre. Y es lo que hacía. No creo que a aquella edad pudiera contener el hambre mucho tiempo, la voluntad para los ayunos no es algo innato.

A regañadientes, empecé a comer y a tolerar más comidas. Hacia los tres años, mi alimentación, si bien siguió siendo lo más difícil, se acercó bastante a lo normal. También tenía graves problemas para dormir, pero se solucionaron pronto: una luz encendida en mi cuarto bastara para que no llorara por las noches.

Pasado mi cumpleaños número 3, llegaron a mi vida nuevas experiencias y cambios rotundos. Mi relación con la comida volvió a empeorar... pero eso lo dejamos para el próximo capítulo.

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