3-5 años: La Nena Come Pero Vomita
Empecé el jardín de infantes en marzo de 1988. Cinco meses después, gracias al nacimiento de mi hermana, me tuvieron que cambiar de colegio. Sentí perder todo lo poco que había cultivado en mi joven vida. Mis amistades, mi colegio, mi salita... Para sumarle una sensación más de exclusión, todos mis compañeritos tenían uniforme de un color y yo de otro. ¿Para qué comprarle el uniforme del nuevo colegio si sólo estaría por unos meses?
Al nacer mi hermana, con la idea de hermana mayor en la cabeza, creía que tenía que ser autosuficiente. Era independiente y, si bien me gustaba la compañía de otros niños, adoraba la soledad. Amaba la música y el teatro como hasta hoy y prefería los juegos a los juguetes. Me gustaba actuar e imaginar.
Conocí el mundo de las fiestas de cumpleaños, los regalos y las amistades. Me sentía honrada de ser invitada a fiestas espectaculares (iba a un colegio "caro") y soñaba llegara mi oportunidad de ofrecer la mejor de las fiestas. Pero claro.... yo cumplía en verano.
La desilusión del cumpleaños con los cinco compañeritos "que podía reunir", no siempre los más queridos, fue pasando con los años, pero la sensación de haber nacido en el mes equivocado, no.
Fue por aquel entonces, aún antes de cumplir los cuatro años, que mi mamá consultó nuevamente al pediatra. Otra vez, la nena no quería comer. Nuevamente, el médico dijo que estaba bien y ya comería. "Si es una niña normal, juega, feliz, no tiene ningún problema". Pero lo cierto es que no era tan sencillo.
A los 4 años, mi incapacidad para expresar mis sentimientos y necesidades era grande. Si me dolía algo o tenía hambre, no sabía reconocerlo y no lo decía hasta que el dolor era insoportable. De hecho, conviví durante años aceptando los malestares físicos como normales, sin ponerles solución, porque tan acostumbrada a padecerlos estaba que no los reconocía como algo extraño.
Mi mamá, con el miedo a que me muriera de inanición, respondía a mis caprichos infantiles. Me daba de comer lo que yo quisiera, con tal de que comiera algo. Así empecé a excluir de mi dieta casi todas las comidas y, cuando me forzaban a comer algo fuera de ese selecto menú, vomitaba aparentemente sin ningún esfuerzo y de forma involuntaria. El pediatra se limitó a decir que ya volvería a incorporar los demás platos, pero faltó aclararle que ella tenía que poner un poco de autoridad y no dejarme hacer lo que quisiera. Nunca jamás volví a comer normal.
Empecé nuevamente las clases en un nuevo colegio. Me hice de buenas amigas, algunas de las cuales me acompañaron durante toda mi infancia. Fuera de casa, era obediente, independiente, educada. Mis padres estaban orgullosos de mi. Dentro de casa, era un terremoto. La falta de límites internos hacía que yo hiciera lo que quisiera. Me portaba mal, contestaba, era caprichosa y no comía bien. ¿Algo más?
La etapa del jardín sin dudas fue feliz. A pesar de los cambios de colegio, no puedo quejarme realmente de todo lo que se me brindó en aquella época. Sin ser una familia adinerada, nunca me faltó nada. Mi mamá nos daba todos los gustos y eso, sin dudas, me dio mucha felicidad en los primeros años pero también desarrolló conductas de niña mimada.
A los 6 años, empecé la primaria... Los años que le siguen serán, sin dudas, los más importantes en el desarrollo de mi trastorno alimenticio. Cuántos signos visibles había pero nadie advirtió. Pero eso lo dejamos para la próxima.